Acompañar al Niño desde el No Hacer

En un mundo donde el "hacer" continuo ha sido sobrevalorado, donde pensamos que se requiere de "hacer" constantemente para estar, para expresar nuestro amor por nuestros niños, con cualquier tipo de movimiento palpable, físico, hemos olvidado que el amor también se expresa no haciendo.


Ciertamente, al tener un cuerpo y vivir en un mundo físico, el hacer forma parte inevitable de esta existencia como expresión de amor, cuidado, y supervivencia, sin embargo, muchas veces lo que necesita un niño para que no sea obstaculizado en la expresión de su desarrollo, de su poder y su independencia, es justamente todo lo contrario.


¿Estamos conscientes de la cantidad de veces que intervenimos y realmente el niño no lo necesita?

Cuántas veces hemos intervenido en la labor de un niño, queriendo agilizar o “mejorar” lo que está haciendo, cuando es precisamente en ese proceso que conecta con su potencia, con sus capacidades, que arma su resiliencia (capacidad de adaptarse con sabiduría a las vicisitudes de la vida) y que se construye a sí mismo.


El niño necesita de adultos cada vez más conscientes que sean capaces de darse cuenta de cuán importante es saber acompañarlo desde el no hacer, que dejen de jugar un rol de omnipotencia en su vida, que observen más y dejen que se descubra y se encuentre por sí mismo, él tiene el poder de hacerlo, pero el adulto necesita realmente confiar en ello. Este no hacer no carece de cuidados, amor y atención, de hecho, es justo todo lo contrario, parte de una apertura de todos nuestros sentidos para estar realmente presentes en lo que verdaderamente necesita el niño, y a pesar de no estar “haciendo”, estar plenamente allí. Aunque no haya una intervención física, hay una intervención del alma, un acompañamiento puro en el cual se cree plenamente en el poder del niño, en su capacidad de resolución de conflictos, en su capacidad de hacer por sí mismo. En el no hacer permitimos al niño que se encuentre, que conecte con la potencia de su espíritu y restablezca su propio equilibrio, equilibrio del cual será garante toda su vida, y que nada ni nadie podrá dárselo más que él mismo.


Antes de intervenir de forma automática, respiremos, acallemos nuestra mente, escuchemos nuestro corazón y respetemos los ritmos del niño, respetemos su espacio. Cuando el niño hace se está construyendo un nuevo ser humano, cuando el niño puede se está construyendo su amor propio, y por ende, el amor a todo y a todos. El niño posee el poder, y además la necesidad de aprender a levantarse por sí mismo, y es desde nuestra propia consciencia, que podremos estar allí para acompañarlo a que se exprese su potencia, a que se exprese su real naturaleza, que es a la vez, también la nuestra.